Wednesday, March 21, 2007

LA TRÁGICA EXPERIENCIA DE UN PENQUISTA ELEGANTE

Fui compañero de curso y amigo de Jaime S. en el Enrique Molina Garmendia. Un tipo bien plantado que gustaba de las corbatas, los buenos trajes y que lucía siempre los zapatos lustrados. Era de Cañete, pero usted lo ponía en Manhatan y pasaba soplado como neoyorkino, tez blanca y pelo algo ondulado, elegante. Además era un gallo de familia acomodada. Conversar con él significaba terminar hablando de asuntos forestales, pulgadas de madera, pinos o aserraderos, porque su padre tenía fundos en Nahuelbuta. Pero, gracias al buen humor de Jaime S., todas esas cosas áridas resultaban divertidas.

Cuando entramos en la Universidad, Jaime S. se fue a Derecho y después saltó a Sociología. Ya en la U nos encontrábamos con menos frecuencia, algunas veces tomándonos un cafecito o comiendo un berlín a media mañana en el Ombligo. Conversábamos sobre asuntos comunes, pero noté, en breve tiempo, que mi amigo se estaba radicalizando. Ya no hablaba cosas divertidas. Sin saber cuándo y por qué, dejé de verlo. Ni supe más de él en décadas.

Este fin de semana asistí a un seminario del partido Socialista, lugar donde vi muchos rostros de entonces. Durante el break tuve oportunidad de acercarme a muchos de ellos, para mirarlos de cerca y reconocerlos, en la esperanza de hallar a algún amigo de aquellos años. Cada uno llevaba su tarjeta de identificación a la vista. Me sorprendió una de las tarjetas, en particular: Eliseo S. Adiviné, por el apellido y por el semblante del portador, algún parentesco con mi amigo Jaime S. Me acerqué y lo saludé. Ésta fue, más o menos la conversación:

--¿Disculpe, por casualidad es usted de Cañete?
--Sí. Pero de eso hace tiempo. ¿Por qué?
--¿Será usted pariente de Jaime S.?
--Claro, es mi primo. ¿Lo conoce usted?
--¿Qué es de él. Dónde está. Qué hace?
--Vive en México, pero no sé adónde. No lo veo desde hace años, ni ha escrito.

En seguida Eliseo S. me dio antecedentes amargos:

--Bueno, como tú sabes, este hueón era loco. Se fue al mir y tomó en serio esto de los movimientos sociales. Adonde había protestas de estudiantes o de trabajadores en Latinoamérica, allá iba el hueón. Una vez, en México, lo acompañé a una manifestación pública. El loco estaba en la primera línea de combate, cuando le llegó un balazo en la cabeza. Cayó, tuve que ayudarlo y llamar una ambulancia. La bala le entró por la nuca y le salió por arriba de la cabeza. El proyectil le arrancó masa encefálica y huesos. Se salvó por milagro, pero quedó con secuelas. Tuvo que aprender a hablar de nuevo. No sabía caminar…

Antes de despedirnos le pedí a Eliseo S. que le diera saludos míos a su primo si alguna vez volvía a encontrarse con él.

Ése parece que fue el destino de mi amigo Jaime S., de Cañete, perdido hoy en algún ignoto lugar de México, viviendo sepa Dios en qué condiciones. Su vida hoy sería tan distinta si hubiera seguido cultivando su afición por las corbatas, los buenos trajes y los zapatos bien lustrados.

(N. de la R.: Omití deliberadamente el apellido, pero, quienes conocen a Jaime saben a quién me he referido.)

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