
José Cifuentes Juica tomó su actividad con una pasión fuera de lo común. Me llamó la atención esa entrega total por la Fuerza Aérea, institución a la que prestaba sus servicios de comunicador. Pepe combinaba como un maestro la pasión con la prudencia, sabía cuál era su puesto, se mantenía en segundo plano y privilegiaba proactivamente la labor reporteril. Lo hacía como ninguno. Para un periodista en la cobertura de una noticia institucional era una tranquilidad grande sentirlo a pocos metros. Porque tenía el sentido de ubicarse con la persona que tenía algo que decir. Parecía que Pepe con sus dedos tocaba la información. Recuerdo haberlo visto salir corriendo de la oficina –que alguna vez compartimos-- con destino al aeropuerto sin pasar por su casa para ayudar a periodistas, para subir a un avión casi sobre la marcha acompañando a reporteros. Los editores periodísticos de Chile tenían muy claro que la llave maestra para acceder a la institución era Pepe. Fue increíble que un solo hombre haya tenido esa capacidad de convertirse por años en la puerta ancha de la organización para los medios de prensa.
Se ganó la confianza a ambos lados de la noticia: con los periodistas y los medios y con las jefaturas institucionales. No he conocido una persona con tal versatilidad para crear ambientes e instancias de comunicación, para generar ideas, para crear temas de interés que finalmente desembocaban en noticias. Y no sólo en la forma, sino que en cuestiones bien de fondo. Cuando se lo veía en los medios, los editores sabían que Pepe traía algo interesante entre manos. Lo oían con atención y le creían. En el acto Pepe organizaba un vuelo para ese medio y se preocupaba de la producción. En tiempos de crisis institucional, supo aliviar las tensiones mediáticas a que estaba sometido el mando con buenas actitudes, con optimismo y finalmente con una amplia sonrisa. A sus jefes supo darles asertivamente la mejor forma de proceder frente a la prensa.
Llegaba con naturalidad y humildad a todos los medios investido de la representatividad de su institución. Establecía la conexión imprescindible para hacer fluir los mensajes de interés tanto para el medio como para sus jefes. En sus años de trabajo interactuó con muchos de éstos. Trabó amistad con todos y supo darles el respaldo para el buen cometido de su función. En la oficina y con la puerta cerrada Pepe hablaba francamente las materias comunicacionales que la parecían bien y aquellas en que estaba en desacuerdo. Sus jefes lo respetaban porque no era obsecuente, otra de sus virtudes.
Se deshacía en argumentos para que los mandos de la institución uniformada comprendieran la rutina y la motivación de los periodistas detrás de una noticia. Formado en el reporteo de terreno gozaba de credibilidad y se granjeó el cariño de su entorno. Hablaba con franqueza y decía lo que pensaba sin herir a nadie. La muerte lo sorprendió haciendo lo que le brotaba del alma: volando en un avión de la FACH con celebridades de las comunicaciones para una cobertura con fines solidarios y patrióticos. En los últimos minutos de su vida y ya en conocimiento de su destino final, imagino que él dio aliento y fe a quienes estaban más cerca suyo, porque era hombre del aire y un hombre de fe. Junto con irse un gran amigo, la Fuerza Aérea ha perdido al colaborador más apasionado para acercarla a la opinión pública. Los periodistas también.



