Thursday, April 10, 2008

EL VENDIMIADOR DE CONCHALÍ


(Ficción breve)

Desde los cerros de Huechuraba Douglas Spawlding miró a lo ancho la comuna de Conchalí y la vio tan llena de árboles frutales, que concibió el proyecto cuya idea rondaba desde hacía tiempo en su cabeza canosa. Vio que abundaban los grandes paltos, los nísperos, los durazneros y vio también que los dueños de esas casas-quintas cultivaban enredaderas todas floridas a pesar de ser abril.

Por entre los techos de las casas, Douglas distinguió las hojas rojizas y amarillentas de los parrones. Y vio, gracias a sus binoculares, que la uva estaba madura y apta para el vino. No en vano, el otoño era la estación de los racimos tardíos.

El hombre tenía su historia. Sesenta años antes su padre lo bautizó Douglas Spawlding, inspirado en el nombre del protagonista de la novela El Vino del Estío (Dandileon Wine), de Ray Bradbury. Sin embargo, el Douglas bradburiano permanecía siempre joven, niño, en cambio él, nacido en Conchalí, había envejecido. Alguna vez ambos Spawldings compartieron la misma edad, tal vez, soñaron lo mismo.

Douglas de Conchalí descendió a pie del cerro Huechuraba por el polvoriento camino que lo dejó en el plan y se fue a casa, para poner en marcha su proyecto. Manos a la obra, se echó al bolsillo todo lo que había ganado ese día y subió a su viejo camión Ford, en el que llevaba sus hortalizas para vender en la feria.


Se fue por las calles de Conchalí con su vehículo directo a las casas con los patios más grandes, con los huertos más extendidos. Golpeó puerta por puerta y a los dueños les propuso comprarles toda la uva de sus parrones urbanos. Tan extraño fue el ofrecimiento que nadie supo cuánto cobrar, ni Douglas, cuánto ofrecer. Así, pagó en algunas casas, en otras le regalaron la cosecha y en las menos, no lo tomaron ni en cuenta.

No podríamos afirmar cuánto tiempo tomó a Douglas vendimiar los parrones. Pero, a la caída del sol, su vehículo de carga estaba repleto de canastos, cajones de madera, cajas de cartón y baldes de plásticos llenos de uvas maduras, dulces y jugosas. ¿De qué variedad?: blanca, negra y rosada. Y así, se fue a casa con su camión perseguido por un séquito de abejas y avispas. Había vendimiado todo el día y aún le quedaba dinero en el bolsillo.

Su idea consistía en hacer vino con las uvas de la ciudad. De ese modo daría un giro en su vida, dedicada hasta entonces y por entero a la venta de hortalizas. Haría lo que siempre quiso hacer, construir una fantasía. A la llegada del invierno, Douglas salió de su casa rumbo a la feria con su camión lleno de botellas del más distinto uso, forma y procedencia. Contenían un líquido granate-brillante, que presionaba por descorchar los envases a causa de los bruscos movimientos.

Cuando los feriantes levantaron sus cosas para retirarse, cerca de las cinco de la tarde, el camión de Douglas se había quedado vacío. El viñatero del vecindario vendió por fin todo el producto. Como nunca ese día de junio los clientes de la feria de Conchalí brindaron y bebieron en sus casas un burbujeante vino nacido en los grandes huertos de las casas de la ciudad. Y después durmieron un plácido sueño.

1 comment:

Lupezz said...

Felicitaciones por el texto, muy buenas imágenes y muy linda historia. Estaré a la espera del invierno para beber el vino made in city, (ciudad). besos.