Los grupos humanos pertenecientes a la cultura Aconcagua (en realidad, del Mapocho) acostumbraban a enterrar a sus muertos no lejos de sus viviendas, porque querían tener a sus difuntos cerca y que sus espíritus estuvieran por ahí. Esta cultura se extendía entre el río Choapa, por el norte, y el Cachapoal, por el sur. Floreció entre los años 900 y 1400 d. C., antes de la llegada de las avanzadas incas.
Pues bien, surgió dentro de la cultura Aconcagua un personaje que actuaba como intermediario entre los vivos y los muertos. Era el chamán. Quien ostentaba este cargo gozaba de muchos privilegios y era una autoridad. Poco después, esos grupos humanos comenzaron a enterrar a sus muertos en sitios más distantes. Entonces el chamán perdió poder y surgieron hombres más influyentes que asumieron los cargos políticos. O sea, cambió todo: los chamanes se degradaron y solo se dedicaron a ahuyentar malos espíritus.
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