Admiro a la persona que siembra o planta un árbol ya sea para obtener una sombra fresca, para estirar la mano y cortar una manzana o para conseguir un entorno frondoso. La acción de plantar un árbol está colmada más de amor y caridad que de esperanza. El sembrador no tiene ninguna garantía de ver algún día su obra como la imagina. Porque habrá que esperar años y en ese tiempo puede que lo sorprenda la muerte. A pesar de esa tremenda duda, amorosamente siembra. Como dijo San Pablo , «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad (el amor), estas tres realidades. Pero, la mayor de todas es la caridad». (1 Corintios 13:13).
En contraste a la actitud que hemos descrito, está la de quien decide no plantar porque duda de ver coronada su obra. Esas personas son las utilitarias y las egoístas que no quieren regalar a otros algo que todavía está en el porvenir. Se preguntan «¿para qué planto si no tengo la certeza de que yo podré disfrutarlo?»

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